La agresión imperialista contra Irán: el fin de una era

*Omar Boudaaoui / GARA-NAIZ
En principio, esta guerra no difiere de otras guerras imperialistas en la región de Asia Occidental. Su principal objetivo es la eliminación de cualquier potencia regional que intente fortalecerse y defender su soberanía e independencia y sobre todo ejercer el control sobre sus recursos naturales: el petróleo y el gas, pilares de la economía global, que, desde hace tiempo, han comenzado a escapar al control del Occidente imperialista en favor de China y sus aliados.

No se puede analizar esta guerra de forma aislada del resto de las guerras y demás movimientos imperialistas estadounidenses en el mundo. La guerra en Ucrania no tenía otro objetivo que asediar y debilitar a Rusia y así aislarla de su aliado chino. El ataque a Venezuela y la asfixia a la que está sometida Cuba se enmarcan en el mismo contexto. Incluso la guerra de los aranceles de Trump y su deseo de anexionar Groenlandia y controlar Canadá se sitúan en el mismo marco de control de los recursos.

Sin embargo, esta vez sí existe una diferencia fundamental en la situación del imperialismo estadounidense y, por tanto, en su comportamiento militar y político y es su lucha por esquivar la inevitable caída que se vislumbra desde hace tiempo. Esa decadencia también explica la razón por la cual ha ignorado todas las reglas del juego de la legalidad internacional que ella misma estableció tras la llamada Segunda Guerra Mundial. A Estados Unidos no le queda más remedio que recurrir a la fuerza bruta para frenar el avance de la economía china y las potencias regionales emergentes. Además, el dólar tiene los días contados como herramienta para controlar el intercambio monetario y su hegemonía ya no puede mantenerse salvo por la fuerza militar.

Controlar Irán y permitir que el ente sionista imponga su supremacía sobre toda la región de Asia Occidental significa controlar el pulso de la economía global mediante la manipulación de los precios del petróleo y el gas y especialmente determinar el precio que China debe pagar para adquirir lo que necesita, lo cual supone un impacto directo en el coste de los productos chinos y frenaría su crecimiento.

Desde esta perspectiva, esta guerra es existencial y su resultado determinará el futuro del mundo entero. O bien Irán y el eje euroasiático que lo respalda son los derrotados, permitiendo que el Occidente imperialista mantenga su control y dominio sobre el destino de la economía global o bien Estados Unidos y su aliado Israel son derrotados, dando lugar a un mundo multipolar con nuevos equilibrios de poder que beneficiarán a los países del Sur Global.

Irán, desde la invasión de Irak, lleva más de treinta años preparándose seriamente para esta guerra. A pesar del embargo y las sanciones, los sucesivos gobiernos iraníes, que siempre han mantenido una postura anticolonial y antiimperialista han logrado construir una economía sólida y autosuficiente en muchos ámbitos caracterizada por un gran avance tecnológico. Además, reconociendo desde el principio que no podían competir contra el Estado sionista y su protector Estados Unidos en una guerra convencional, han construido un sofisticado arsenal militar bajo tierra centrándose especialmente en armas no convencionales como misiles balísticos e hipersónicos y drones.

Irán se ha preparado, pues, para la guerra asimétrica, lo que le permite limitar y absorber las capacidades de sus adversarios al tiempo que lanza ataques precisos y devastadores contra sus instalaciones militares. Así, ha convertido las bases militares estadounidenses de toda la región en blancos fáciles tras debilitar y saturar sus defensas aéreas, una estrategia que emplea también contra Israel. Además, la amenaza que representan los misiles y drones iraníes ha colocado a los portaaviones estadounidenses en una frágil posición militar. Su incapacidad para acercarse a las costas iraníes complica significativamente sus operaciones y, al menos, uno de sus portaaviones se encuentra actualmente fuera de servicio.

En las últimas décadas, Irán, asimismo, ha forjado una vasta red de aliados en la región que comparten sus objetivos estratégicos, a los que ha equipado adecuadamente y ha brindado apoyo político y diplomático. A pesar de la caída de Siria en el bando imperialista, Irán junto a Hezbolá en el sur del Líbano, Ansar Allah en Yemen y las Fuerzas de Movilización Popular en Irak y la resistencia palestina en Gaza han cercado a Israel y las bases estadounidenses del Golfo con un arco de fuego capaz de infligir duros golpes a sus intereses vitales, ya sean militares, económicos o diplomáticos. De hecho, algunos de esos aliados, incluso, tienen la capacidad de atravesar las fronteras y trasladar la guerra hacia el territorio de la Palestina histórica y otros países de la región como Kuwait, Jordania o Arabia Saudí.

El imperialismo estadounidense y su aliado Israel iniciaron esta guerra con una estrategia de impacto y pavor con el objetivo de asestar por medio de una potencia de fuego máxima un ataque sorpresa contra el Líder Supremo Jamenei y un selecto grupo de líderes políticos, militares y de seguridad a los que consideraban la estructura de control y mando del Estado iraní. Luego, moviendo facciones kurdas armadas desde el noroeste del país hacia la capital, Teherán, planeaban explotar el vacío de poder resultante para instigar una revolución de color liderada por agentes del Mossad. Ese fue el escenario digno de Hollywood que convenció a Trump, a pesar de las advertencias del Estado Mayor Conjunto y las agencias de inteligencia estadounidenses.

Pero al igual que cuando un matón de barrio ataca a la persona equivocada, Irán lanzó su respuesta según una estrategia bien concebida, preparada con meses de antelación, cuyo marco general consistía en arrastrar a sus enemigos a una guerra de desgaste regional, amplia y prolongada; una estrategia que, a la luz del desenlace, ha resultado extraordinariamente exitosa.

Irán había decidido que era el momento de una guerra decisiva contra Estados Unidos e Israel y que se trataba de una oportunidad histórica para determinar su futuro y continuidad como nación independiente y soberana. A pesar de las pérdidas materiales y humanas sufridas, logró atacar sistemáticamente las bases militares estadounidenses en la región, dañando a la mayoría de ellas. El espacio aéreo israelí, tras debilitar las defensas aéreas de la región, quedó prácticamente abierto a sus misiles y drones. Aún más peligroso y con una rapidez que nadie esperaba, recurrió a su arma geográfica más potente: el control del paso por el estrecho de Ormuz. De este modo, Irán controla el flujo de petróleo mientras se inflan los precios de la energía a nivel mundial y todo ello sin recurrir aún a una acción a gran escala ni al cierre total del estrecho.

Un mes después del inicio del ataque imperialista contra la República Islámica de Irán, esta última se encuentra en una posición estratégica más ventajosa que sus enemigos. Además del éxito que ha logrado junto con sus aliados en el desarrollo sistemático de una guerra de desgaste en todos los frentes, la guerra ha unificado al país, especialmente tras el asesinato del líder supremo Jamenei, que se había negado a pasar a la clandestinidad y mantuvo su rutina habitual en su oficina, a sabiendas de que era un objetivo militar. Asimismo, el eje de la resistencia aún no ha desplegado todas sus cartas; Ansar Allah en Yemen apenas ha entrado en la guerra y el estrecho de Bab al-Mandeb en el Mar Rojo, en cualquier momento puede ser cerrado al comercio internacional.

Por el contrario, Estados Unidos y su aliado Israel se encuentran en una clara y difícil situación estratégica. Su incapacidad para lograr una victoria rápida les ha infligido, y sigue infligiéndoles, enormes pérdidas militares y económicas, sumiéndoles en un creciente aislamiento político tanto a nivel nacional como internacional, agravado por la crisis económica mundial que ellos mismos han generado.

Irán no aceptará un alto el fuego sin alcanzar sus objetivos estratégicos que se resumen en consolidarse como una potencia regional clave y soberana, lo cual significa expulsar a Estados Unidos de Asia Occidental y arrebatarle el control sobre los recursos de la región. También implica el principio del fin del proyecto sionista, que constituye la punta de lanza del plan imperialista más amplio de someter a Asia Occidental.

Pero si por el contrario, Estados Unidos decide intensificar el conflicto y seguir preparándose para una guerra terrestre contra Irán, habrá decidido que su derrota será más sangrienta y brutal, algo que, lamentablemente, ninguna propaganda puede embellecer.

Como expresa un conocido dicho chiita «la sangre vence a la espada»: millones de combatientes esperan ansiosamente el momento de entrar a combatir cuerpo a cuerpo con el ejército estadounidense.