*Carmen Parejo Rendón / RT
Ochenta y un años después del final de la Segunda Guerra Mundial, el orden internacional surgido en 1945 atraviesa un momento de creciente cuestionamiento. Instituciones como la ONU y buena parte de la arquitectura económica impulsada tras la guerra siguen marcando el funcionamiento del sistema internacional, aunque las profundas transformaciones económicas y geopolíticas de las últimas décadas han intensificado el debate sobre su capacidad para responder a la realidad actual.
La efeméride del 8 o 9 de mayo —según se conmemore en Europa occidental o en Rusia— ofrece, en este sentido, una oportunidad para volver sobre las contradicciones que han atravesado el sistema internacional desde entonces.
La victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial dio paso a un nuevo orden internacional marcado por la coexistencia de dos proyectos políticos, económicos y sociales antagónicos. En ese contexto nacieron tanto la ONU como la arquitectura económica impulsada en Bretton Woods, profundamente condicionadas por la correlación de fuerzas surgida de la guerra.
La Unión Soviética desempeñó un papel central tanto en la derrota del nazismo como en la configuración del equilibrio de posguerra. El frente oriental concentró la mayor parte del esfuerzo militar contra la Alemania nazi, y el enorme coste humano y material asumido por la URSS hacía imposible construir el nuevo orden internacional al margen de Moscú.
La propia estructura de Naciones Unidas reflejó esa realidad. El derecho de veto en el Consejo de Seguridad —hoy muy cuestionado, especialmente por la instrumentalización que Estados Unidos hace de él— fue concebido originalmente para impedir la imposición unilateral de un solo bloque en un contexto de creciente confrontación internacional.
La propia estructura de Naciones Unidas reflejó esa realidad. El derecho de veto en el Consejo de Seguridad —hoy muy cuestionado, especialmente por la instrumentalización que Estados Unidos hace de él— fue concebido originalmente para impedir la imposición unilateral de un solo bloque en un contexto de creciente confrontación internacional.
La Guerra de Corea evidenció hasta qué punto el funcionamiento efectivo de la ONU dependía de esa correlación de fuerzas: la ausencia temporal de la delegación soviética —en protesta por la exclusión de la República Popular China de Naciones Unidas— permitió aprobar en 1950 la intervención militar encabezada por Estados Unidos bajo bandera de la ONU. Una guerra que dejaría millones de muertos y buena parte de la península coreana devastada, en uno de los episodios más controvertidos y menos conocidos de la historia del organismo internacional.
Pero la disputa también atravesaba el terreno económico. La URSS, pese a haber participado en las negociaciones iniciales, rechazó integrarse en el sistema de Bretton Woods al considerar que las nuevas instituciones financieras internacionales quedaban subordinadas a los intereses estratégicos de Washington. Mientras tanto, el FMI y el Banco Mundial se consolidaban como pilares de un orden económico internacional cada vez más articulado en torno al predominio estadounidense.
Las tensiones internas del propio sistema terminaron erosionando aquel frágil equilibrio. En 1971, Estados Unidos suspendió la convertibilidad del dólar en oro, poniendo fin al sistema monetario de Bretton Woods e inaugurando una nueva etapa marcada por la expansión de los mercados financieros internacionales, la creciente financiarización de la economía mundial y la consolidación del dólar como eje del sistema financiero global.
Durante décadas, ese sistema logró sostener cierta estabilidad internacional, no solo por la existencia del bloque socialista, sino también por el avance de los procesos de descolonización y la emergencia política del Tercer Mundo. La incorporación a Naciones Unidas de decenas de nuevos Estados surgidos de la descolonización en Asia y África transformó progresivamente la composición del organismo y amplió el peso político de los países periféricos dentro de la Asamblea General. En ese contexto, la Resolución 1514, aprobada en 1960, reconoció el derecho de los pueblos a la autodeterminación y expresó el avance de las luchas anticoloniales en el sistema internacional. Sin embargo, casos como Palestina o el Sáhara Occidental muestran hasta qué punto aquel proceso quedó incompleto.
Las tensiones internas del propio sistema terminaron erosionando aquel frágil equilibrio. En 1971, Estados Unidos suspendió la convertibilidad del dólar en oro, poniendo fin al sistema monetario de Bretton Woods e inaugurando una nueva etapa marcada por la expansión de los mercados financieros internacionales, la creciente financiarización de la economía mundial y la consolidación del dólar como eje del sistema financiero global.
Para sostener esa nueva arquitectura monetaria, Washington reforzó durante los años setenta su alianza estratégica con las principales monarquías petroleras del Golfo, especialmente Arabia Saudita, impulsando un modelo en el que el comercio internacional de petróleo pasó a realizarse mayoritariamente en dólares. Este mecanismo —conocido como sistema del petrodólar— permitió mantener una demanda global permanente de la moneda estadounidense incluso después del abandono del patrón oro, reforzando así la capacidad financiera, monetaria y geopolítica de Estados Unidos.
Desde entonces, el control de los recursos energéticos y de las rutas financieras internacionales pasó a ocupar un lugar central en la política exterior estadounidense. Buena parte de los conflictos y tensiones geopolíticas de las últimas décadas no pueden entenderse al margen de esa realidad, especialmente en regiones estratégicas como Asia Occidental o América Latina. Las tensiones con países productores de petróleo que han buscado aumentar sus márgenes de autonomía económica y financiera —como Irán, Irak o Venezuela— también deben entenderse en el contexto de la centralidad del dólar y de la disputa por el control energético global.
Las intervenciones militares en Yugoslavia, Irak o Libia reflejaron también ese escenario de predominio occidental sin contrapesos comparables. Sin embargo, las transformaciones económicas y geopolíticas de las últimas décadas han comenzado a alterar nuevamente ese equilibrio.
La desintegración de la Unión Soviética alteró profundamente la correlación de fuerzas internacional. Sin un contrapeso político, económico y militar capaz de limitar la hegemonía occidental, se consolidó el llamado ‘orden internacional basado en reglas’, concepto promovido por Estados Unidos y sus aliados occidentales para legitimar un escenario de predominio prácticamente unipolar tras el final de la Guerra Fría. En este nuevo contexto, organismos como el FMI y el Banco Mundial reforzaron su papel en las políticas de ajuste e intervención económica sobre numerosos países periféricos, profundizando dinámicas de dependencia financiera y transferencia de riqueza hacia los grandes centros económicos.
Las intervenciones militares en Yugoslavia, Irak o Libia reflejaron también ese escenario de predominio occidental sin contrapesos comparables. Sin embargo, las transformaciones económicas y geopolíticas de las últimas décadas han comenzado a alterar nuevamente ese equilibrio.
El ascenso de China, la consolidación de alianzas como los BRICS y la creciente búsqueda de mayores márgenes de autonomía económica y política por parte de numerosos países del Sur Global reflejan el desgaste progresivo del orden unipolar surgido tras el final de la Guerra Fría.
El sistema internacional construido tras 1945 nunca permaneció inmóvil. La crisis económica de los años setenta transformó profundamente la arquitectura financiera internacional; la desintegración de la Unión Soviética consolidó durante décadas un escenario de hegemonía occidental bajo liderazgo estadounidense; y hoy, el ascenso de nuevas potencias y el desgaste relativo de esa hegemonía vuelven a abrir una etapa de transición e incertidumbre.
Sin embargo, la multipolaridad por sí sola no elimina las desigualdades estructurales que atraviesan la economía mundial. El funcionamiento del sistema internacional sigue marcado por mecanismos de dependencia vinculados al control monetario, los flujos financieros, la deuda, el comercio desigual o el peso de las grandes instituciones económicas internacionales. En ese sentido, la disputa actual no es únicamente geopolítica, sino también económica: la posibilidad de construir un orden internacional más equilibrado dependerá en gran medida de la capacidad de los países periféricos para ampliar sus márgenes de autonomía económica y financiera.
La historia de las últimas décadas muestra, en definitiva, que las instituciones internacionales solo logran sostenerse mientras reflejan una determinada correlación de fuerzas económicas, políticas y militares. Pero el acelerado desplazamiento del peso económico y geopolítico mundial hacia nuevas potencias y regiones está erosionando cada vez más la capacidad de las estructuras surgidas tras 1945 para ordenar y estabilizar el sistema internacional.
Debates como la reforma de Naciones Unidas o el papel de las grandes instituciones financieras internacionales probablemente se intensificarán en los próximos años, en un contexto marcado por la transición hacia un escenario más multipolar. La cuestión de cómo reorganizar el sistema internacional sigue abierta y, como ha ocurrido en otros momentos históricos, el principal desafío será evitar que esa transformación vuelva a producirse a través de una gran confrontación internacional.
