El nuevo desafío de Donald Trump hacia la OTAN reaviva los temores sobre la fragilidad del vínculo transatlántico. En plena ofensiva contra Irán, la tensión política y militar se mezcla con la duda sobre el futuro de una Alianza que parece revivir y volver a ser relevante en la seguridad mundial.
*GARA – NAIZ
Las nuevas declaraciones de Donald Trump, quien aseguró estar «más que considerando» la salida de Estados Unidos de la OTAN, han vuelto a poner en alerta a los defensores acérrimos de la Alianza Atlántica. Desde Seúl, el presidente francés Emmanuel Macron respondió con un mensaje de firmeza y preocupación: «Hay que estar a la altura de los compromisos», advirtió, insistiendo en que cuestionar a diario la pertenencia a la organización «vacía de contenido» la confianza mutua sobre la que se sostiene.
Macron no mencionó directamente al mandatario estadounidense, pero subrayó que alianzas como la OTAN «valen por lo que no se dice», sino por la lealtad y la acción en momentos críticos. Puso como ejemplo la respuesta francesa a los ataques en el Golfo Pérsico, recordando que París «estuvo allí» cuando sus socios fueron agredidos. «No hay que hablar cada mañana, sino actuar cuando corresponde», recalcó, en una clara alusión al estilo imprevisible de Trump y su tendencia a la confrontación pública.
El presidente francés combinó su advertencia con un llamamiento a la «seriedad» en un contexto marcado por la guerra que Estados Unidos e Israel mantienen contra Irán, una operación que París y otros aliados califican de «unilateral» y alejada de la legalidad internacional. «Luego pueden lamentar no recibir ayuda en una operación que decidieron solos», observó Macron, que reiteró su apuesta por la diplomacia. Para el mandatario, el equilibrio mundial «necesita estabilidad, no gestos teatrales ni contradicciones diarias».
Pero, ¿puede realmente hacerlo?
Pese a las amenazas, la capacidad de Washington para abandonar la OTAN de manera unilateral es limitada. El tratado fundador de 1949 establece, en su artículo 13, que un Estado miembro debe notificar con un año de antelación su intención de salida. Además, esa decisión podría ser bloqueada en ausencia de autorización expresa del Congreso o si dos tercios del Senado no la apoyan. Aun así, algunos analistas apuntan que Trump podría encontrar vías para sortear dichos obstáculos.
Los expertos coinciden en que una retirada, aunque solo fuera simbólica, tendría consecuencias inmediatas. Estados Unidos aporta alrededor del 15 % del presupuesto total de la organización y, con 838.000 millones de dólares —cifra que equivale a casi el 60 % del gasto conjunto de la Alianza—, es el miembro que más invierte en defensa. Además, cerca de la mitad de los 3,2 millones de soldados en activo con los que cuenta la OTAN son estadounidenses.
No hay duda de que el «rearme europeo» ya está en marcha. Las inversiones en defensa por parte de prácticamente todos los países se han disparado. Incluso naciones como Bélgica, Alemania o el Estado francés han aprobado programas de reclutamiento voluntario para paliar la escasez de efectivos. Aun así, una eventual salida de Estados Unidos de la OTAN aceleraría más aún el proceso de militarización generalizado en el continente.
Lejos de beneficiarse de esa ruptura, existen razones para considerar a Estados Unidos como el principal perjudicado por su reiterada intención. Perdería sus bases en Europa —desde las que ha supervisado gran parte de sus operaciones en Oriente Medio—, sus ventas de armamento a los socios europeos podrían verse reducidas y, en general, su influencia tanto en el Viejo Continente como en el resto del mundo se vería severamente trastocada.
