
*Alex Gimenez / /alexgimenez.substack.com
La otra noche no se podía dormir. Bocinas, petardos, gente en calzoncillos asomada al balcón gritando como si les hubiera tocado la lotería. España campeona del mundo. Y mira, me alegro, de verdad, el fútbol es de las pocas alegrías populares que nos quedan. Pero llevo tres días con un nudo en el estómago que no me quita ni la prórroga ni los penaltis, y necesito soltarlo aquí porque si no reviento.
El 15 de julio, mientras medio país estaba ya con la camiseta puesta y la nevera cargada de cervezas para ver la final, el Ministerio de Economía soltaba una nota de prensa que pasó como quien no quiere la cosa. Carlos Cuerpo, nuestro vicepresidente económico, se había ido a Kiev con cincuenta empresas españolas debajo del brazo. Cincuenta. Y no iba a llevar mantas ni medicinas. Iba a cerrar “instrumentos financieros” por valor de 570 millones de euros.
¿Para qué? Para la “reconstrucción” de Ucrania. Entre comillas, porque luego te lees la letra pequeña y lo que hay es esto: Cesce —que es la aseguradora pública de crédito a la exportación, o sea, tú y yo con nuestros impuestos— amplía su cobertura de riesgo de guerra de 30 a 250 millones. Traducido: si una empresa española va allí y le cae un misil en la fábrica, no pierde ella. Pierdes tú. Pierdo yo. Pierde la señora de Cuenca que no entiende por qué le suben el IBI pero resulta que su dinero está asegurando el hormigón de una constructora en Járkov.
Y luego está COFIDES, que monta una línea de 100 millones para inversión privada española en “sectores estratégicos”. ¿Y cuáles son esos sectores estratégicos? Energía, infraestructuras, agua, agroindustria y —agárrense— defensa. Sí. Defensa. El mismo gobierno que te dice que no hay dinero para reforzar los equipos de salud mental, que te recorta en dependencia, que te tiene seis meses en lista de espera para una resonancia, encuentra 100 millones para que empresas españolas vendan material de defensa en un país en guerra. No es un desvío. No es un error. Es una decisión política tomada con plena conciencia y con el BOE por delante.
Y aquí es donde a mí se me revuelve todo. Porque nadie te lo cuenta así en el telediario. En el telediario te dicen “España se compromete con la estabilidad de Ucrania”. Suena bonito. Suena solidario. Suena a que somos los buenos de la película.
Pero piénsalo un segundo. Piénsalo con calma, sin la resaca del mundial.
Llevamos desde 2022 armando a Ucrania. Enviando material militar, formando tropas, integrando su industria de defensa en la nuestra. La respuesta que hemos elegido no es la diplomacia. Es la escalada. Es convertir Ucrania en un erizo armado donde cada mes que pasa hay más muertos, más infraestructura destruida, más niños sin escuela, más ciudades reducidas a escombros.
Y ahora, con el país hecho polvo, con la deuda externa por las nubes, con un gobierno que necesita liquidez como el aire, ¿qué hacemos? Mandamos cincuenta empresas a “reconstruir”. A comprar activos públicos a precio de saldo. A quedarnos con la gestión del tráfico aéreo —sí, eso también está en la nota, una empresa española llamada ALG va a “recuperar” el sistema de gestión aérea ucraniana—. A meternos en el agua, en la energía, en el transporte. A privatizar la ruina.
Es el ciclo perfecto del capital en tiempos de guerra. Primero financias la destrucción con armas. Luego, cuando ya no queda nada en pie, llegas con la chequera y te quedas con lo poco que sobrevive. Y todo con dinero público. Con tu dinero. Con el mío. Con el de la señora de Cuenca.
“Industrial Ramstein”: cuando la ayuda humanitaria se llama OTAN
Hay un detalle en esa nota de prensa que me parece especialmente grotesco y que apenas nadie ha destacado. España participa en el instrumento “Industrial Ramstein”. Para quien no lo sepa, Ramstein es el formato de coordinación militar de la OTAN para el suministro de armas a Ucrania. No es una ONG. No es Naciones Unidas. Es la estructura logística de la alianza militar más grande del planeta.
Que la “reconstrucción económica” y la “ayuda industrial” estén coordinadas desde el mismo marco que la entrega de misiles y tanques te dice todo lo que necesitas saber sobre las prioridades reales. No hay separación entre lo civil y lo militar. No hay “ayuda humanitaria” por un lado y “negocio” por otro. Es todo lo mismo. Es la misma maquinaria. Y Ucrania no es un país al que ayudamos: es un territorio donde se libra una guerra por delegación y donde, de paso, se abren mercados cautivos para las corporaciones occidentales.
Y mientras tanto, el mundial
Y yo no quiero ser el aguafiestas. De verdad que no. Me gusta el fútbol, me gustó la final, me gustó ver a la gente en la calle abrazándose con desconocidos. En un país donde cada vez hay menos motivos para la alegría colectiva, que once tíos le den a una pelota y ganen es de lo poco que nos queda.
Pero no puedo evitar pensar que la sincronización no es casual. No es la primera vez que un gobierno suelta una bomba —metafórica, en este caso— en pleno ruido mediático. Mientras tú estabas pendiente del VAR, del árbitro, de si era fuera de juego o no, se estaba firmando un mecanismo por el cual 570 millones de euros de dinero público van a acabar en los balances de resultados de constructoras, energéticas y empresas de defensa. Y nadie te lo va a contar en la tertulia del día siguiente. Porque al día siguiente toca hablar de la prima de los jugadores, del próximo fichaje, de si el seleccionador renueva o no.
No te digo que no celebres. Te digo que no te distraigan. Que la alegría del gol no te tape el ruido de la caja registradora.
Lo que deberían hacer y no hacen
Y aquí va lo que me parece más grave de todo, más allá del negocio, más allá del cinismo. Lo que no se está haciendo.
Nadie en ese avión a Kiev iba a hablar de alto el fuego. Nadie iba a proponer una conferencia de paz. Nadie iba a sentarse con todas las partes —todas, sí, también las incómodas— a buscar una salida negociada que pare la sangría. Porque eso no da negocio. Un alto el fuego no genera contratos de reconstrucción. Una solución diplomática no necesita 250 millones en seguros de riesgo bélico. La paz es malísima para el PIB de las empresas de defensa.
Lo que se necesita es una propuesta seria de seguridad colectiva en Europa, un marco donde Ucrania recupere su integridad territorial sin convertirse en un estado-guarnición permanente de la OTAN, donde Rusia tenga garantías de que no le van a poner misiles a 400 kilómetros de Moscú, y donde la población civil —la ucraniana, que es la que pone los muertos— pueda decidir su futuro sin que se lo dicten ni Washington ni Bruselas ni los oligarcas de turno.
Eso es lo que un gobierno progresista, de izquierdas, que se dice antifascista y pacifista, debería estar liderando en Europa. No mandar cincuenta empresas a hacer negocio con los escombros.
Una última cosa
Me jode escribir esto. Me jode porque sé que mañana alguien me va a decir “ya estás con el putinismo”, “es que tú defiendes a Rusia”, “es que no te importa que invadan países”. No. Me importa. Me importa muchísimo. Me importa que la gente de Járkov no tenga agua. Me importa que los niños de Mariúpol lleven cuatro años sin colegio. Me importa que un chaval de veinte años de Dnipró esté en una trinchera en vez de en la universidad.
Pero precisamente porque me importa, me niego a aceptar que la única respuesta sea más armas, más destrucción y luego más contratos para las empresas de aquí. Me niego a aceptar que la solidaridad con un pueblo se mida en millones de euros para aseguradoras públicas y líneas de crédito a corporaciones. Me niego a que me vendan como generosidad lo que es un saqueo con corbata y banderita.
La solidaridad de verdad sería parar la guerra. Sentarse. Hablar. Aunque sea incómodo. Aunque no salga en la foto. Aunque no dé titulares.
Pero eso, claro, no da para un mundial. No da para bocinas ni petardos ni gente en calzoncillos en el balcón.
Y mientras tú gritabas gol, ellos ya habían firmado.
