Los drones de Zelenski que se fabricarán en España

*Irene Zugasti / DIARIO RED

Los drones han transformado la guerra. Los testimonios de quienes vuelven del frente ucraniano relatan el miedo a su omnipresencia, el miedo al sordo zumbido que precede al ataque. «Ya no es seguro salir a campo abierto; ni a plena luz del día, ni siquiera al caer la noche. Los soldados deben permanecer ocultos en todo momento en búnkeres o en pozos de tirador camuflados y cubiertos con ramas” contaba un ex combatiente al medio Meduza.

Ucrania lleva años siendo el gran laboratorio de las tecnologías de guerra de nueva generación. Los medios europeos y estadounidenses se fascinan ante una industria que ha evolucionado de forma espectacular al calor de la guerra mientras Kiev anuncia orgulloso que planea fabricar siete millones de drones en 2026 y que en pocos meses abrirá diez centros logísticos en suelo europeo para expandir su producción. Pero los drones son, principalmente, además de un fascinante artilugio, un arma letal: un sistema autónomo de precisión capaz de convertir cualquier espacio abierto en una zona de exterminio, que pueden producirse a bajo coste y que cuenta con un poder de destrucción masiva a una escala industrial sin precedentes. Y esa es, hoy, la gran baza de Ucrania ante el mundo.

El pasado miércoles, la visita express de Volodomir Zelenski a Madrid —la segunda en apenas cinco meses— brindó al presidente ucraniano otros mil millones en ayuda militar española, sumando así 20.540 millones de euros dirigidos a Kiev, lo que convierte a España en el décimo donante mundial según datos de la Secretaría de Comercio española y del Instituto Kiel. Sin embargo, el verdadero cambio de marcha y acelerón en materia de apoyo español al régimen ucraniano no es cuestión ya de la ayuda financiera para la compra de armamento, ni tampoco del envío de material militar de las Fuerzas Armadas españolas, como blindados, carros de combate Leopard, misiles guiados, lanzamisiles Hawk, o un radar desplegable de Indra valorado en 37 millones. Esta vez, Zelenski se llevó bajo el brazo algo mucho más determinante para el futuro del rearme en suelo español: el acuerdo de fabricación conjunta de armamento entre ambos países, un “salto cualitativo” en palabras de El País, éste se ha materializado a través de dos alianzas con dos compañías clave de la industria española.

Los Escribano y el juego de tronos de Indra

La primera alianza tiene como protagonista a Escribano Mechanical & Engineering, la empresa de moda, propiedad de los hermanos Ángel y Javier Escribano. En la anterior recepción en noviembre de 2025, el presidente de Ucrania se reunió con trece empresas de la industria de defensa española en un encuentro en el que Ángel Escribano ejerció de anfitrión, y la ministra Margarita Robles como facilitadora, pero es ahora cuando esas visitas comienzan a dar frutos. EM&E ya suministra a Kiev estaciones de armas por control remoto para sus blindados, —sinergia con la compañía ucraniana Practika— tras la asociación que firmaron hace cinco meses en Moncloa con Zekensky y Sánchez como testigos. Pero aquello solo fue un aperitivo para lo que se cocina hoy. Gracias al reciente acuerdo auspiciado por Moncloa, los Escribano trabajarán mano a mano con la firma ucraniana Skyeton para producir munición guiada, como redacta El País, es decir, drones, el producto estrella de la boyante industria militar ucraniana levantada al calor de la guerra.

Casualidad —o no— al día siguiente de este acuerdo con Ucrania se anunciaba la cancelación del proceso de adquisición de EM&E por parte de Indra, una de las jugadas internas más importantes dentro de un sector en ebullición. Las armamentísticas españolas y su cadena de producción y suministros han disparado sus beneficios en los dos últimos años y es en esa otra guerra en la que los fabricantes se recolocan para recibir el “maná” de fondos públicos que garantiza el rearme europeo.

Si Indra hubiera fagocitado a EM&E, este movimiento hubiera colocado a los Escribano de facto, en la posición más poderosa para el control del gigante de la industria militar española. A estas alturas, muchos se preguntan cómo han llegado hasta aquí, y siempre aparece la historia familiar de los Escribano, una épica “desde abajo” que fascina a los redactores de las páginas salmón. EM&E nació a finales de los ochenta en el corredor del Henares de Madrid como una pequeña fábrica de mecanizados, el proyecto de un tornero en paro apoyado por su mujer, que vendió la mercería en Coslada, que supo colocarse en el sector aeroespacial gracias a la astucia de sus hijos. Asumieron en el 2000 la empresa familiar y, con una agresiva política de I+D, la orientaron hacia lo que se ha ido convirtiendo en la joya de su corona: los productos de sistemas de control de armas a distancia. El capital de un fondo soberano de Omán que invirtió en ellos hace una década hizo el resto. Sus estaciones de armas remotas —que permiten operar ametralladores o cañones desde dentro de los vehículos con sistemas de control y alta precisión— tanto terrestres como navales se integran ya en los blindados del Ejército de Tierra español. Con patentes propias y capacidad para producirlos, sus sistemas lanzacohetes, o las cámaras infrarrojas de los Escribano les han posicionado como productos líderes del sector. Ello les permitió entrar en 2023 en Indra con una significativa participación que ha ido creciendo hasta el 14%, el segundo asiento más importante en el Consejo de la compañía.

Quien mejor ha sabido explicar el asunto de la fusión frustrada esta semana ha sido Fernando H. Valls en una reciente crónica de La Vanguardia. Aunque inicialmente el Ejecutivo impulsó el ascenso de la familia Escribano dentro de Indra para fortalecer la soberanía estratégica, la operación se ha visto bloqueada recientemente por la SEPI (el Ministerio de Hacienda) tras denunciar el conflicto de interés insalvable y obvio de presidir la compañía que quiere absorber tu hermano. Pero paradójicamente, hasta hace bien poco, Moncloa sí que veía con buenos ojos esta operación, que ahora sin embargo, ha dejado caer, según algunas voces, por miedo a la concentración de poder y la pérdida de control en un momento en que Indra se posiciona como una firme competidora de las más grandes compañías europeas de armamento, como Leonardo o Rheinmetall. Las cabeceras de la derecha se regodean en la fallida maniobra, y plantean que es ahora la familia Escribano quien echa el pulso a Moncloa. Como explica Valls, en el bando de Escribano se encuentra Amber, el fondo propiedad de Joseph Oughourlian, máximo accionista del grupo Prisa, que disponía del 7,24% del accionariado de Indra hasta febrero, cuando vendió un 2% de sus participaciones para hacer caja y obtener liquidez. Oughourlian, como principal respaldo de Escribano, le otorgó el premio Ejecutivo del Ibex 35 del año, que otorga el periódico salmón de Prisa, el Cinco Días, lo cual explicaría muchos titulares recientes de El País.

La otra parte en este acuerdo es la ucraniana Skyeton, una de las principales firmas del país y también en plena fase de expansión. Skyeton fabricaba avionetas hasta que la guerra en Donbass en 2014 le llevó a virar su destino especializándose en sistemas no tripulados (UAV) de alta resistencia, lo que coloquialmente llamamos dron. Su producto estrella es el Raybird-3 (denominado ACS-3 por el ejército ucraniano) un dron con alto nivel de autonomía, silencioso, y cuyos modelos evolucionan a toda velocidad. Se fabrica ya en Alemania y en Eslovaquia para poder producirse de forma segura, y la firma colabora desde el año pasado con compañías británicas para expandir su producción. Ahora, también, lo hará con las españolas. Esta empresa ucraniana es la muestra palpable de cómo la guerra de Ucrania ha sido el laboratorio de innovación militar no ya desde 2022, sino desde su inicio en 2014, cuando el gobierno ucraniano lanzó una operación antiterrorista contra el este del país tras el golpe de estado en Maidán y la invasión de Crimea. Nadie cuestionó el cómo, ni el para qué, invertir masivamente en hacer drones cada vez más peligrosos, pues la urgencia de la guerra “existencial” justificó todo. La propia web de Skyeton se celebra así: “Desde el inicio de la invasión rusa a gran escala, hemos estado construyendo una plataforma universal de UAV para sobrevivir y para vencer. No se nos dio tiempo para la teoría. Bajo fuego, desarrollamos el Raybird: el mejor sistema de UAV en su clase, con más de 350.000 horas de misiones de combate. Hemos crecido hasta convertirnos en un equipo de más de 500 personas y hemos construido uno de los departamentos de I+D más avanzados en nuestro campo, con más de 100 ingenieros integrados.»

Sener, los patriots y las start-ups ucranianas

Sener es la segunda gran protagonista de los recientes acuerdos con Ucrania. Si en noviembre era la sede de los Escribano la que recibió a Zelenski, en esta ocasión, marzo de 2026 el ucraniano visitó las instalaciones de la compañía Sener en Madrid junto con su presidente, Andrés Sendagorta, y sus directores generales de aeroespacial y defensa, además de Javier Escribano. En este segundo acuerdo patrocinado por Moncloa, Sener se compromete a asociarse con las compañías ucranianas Fire Point, Luch y Radionix, especializadas en el ámbito de los misiles y de los sistemas autónomos. Y aunque Sener presume de acuerdo en su página web, el hecho es que no concreta en qué consistirá exactamente la colaboración “para reforzar la defensa aérea”. Pero podemos suponerlo.

Sener es una vieja conocida del sector militar español, también de capital familiar y privado, pero con un modelo de crecimiento muy distinto al de los Escribano. De origen vasco, la compañía de los Sendagorta ha crecido un 34% en 2025 catapultada por el ciclo de rearme europeo. La fundó el ingeniero naval Enrique de Sendagorta Aramburu en Getxo, y su trayectoria durante la dictadura es un fiel reflejo del desarrollismo industrial y el poder de los tecnócratas que lo abanderaron y sus lazos con el poder político y financiero que les acunó. Para hacerse una idea, Sendagorta fue director general de Comercio Exterior franquista en los sesenta, presidió Petronor y lideró el sector de la construcción naval vasca, y también fue CEO del Banco de Vizcaya ya en 1976 y consejero del BBV hasta mediados de los 90, además de sentarse en los consejos de algunas de las instituciones clave del comercio, la banca, la industria o el sector nuclear español. Hoy, su hijo y su familia, imbricada también en el mundo militar, es una de las 100 más ricas de España y con gran poder en los círculos empresariales vascos y españoles.

Los socios de Sener serán tres de las boyantes empresas militares ucranianas cuyas cuentas prosperan gracias a la economía de guerra. La historia de Fire Point, Luch y Radionix, implicadas en os sectores de misiles, comunicaciones y drones, sirve también para retratar la evolución de la industria militar ucraniana y explicar su reciente expansión.

Fire Point es, de todas, la más conocida. En octubre de 2025, el New York Times dedicaba una pieza que sentó muy mal en Ucrania donde definía a la empresa de la siguiente manera: “Hace tres años era una empresa de castings, ahora cuenta con mil millones de dólares en contratos para drones”. El NYT explicaba el ascenso meteórico de Fire Point, fabricante del famoso misil crucero “Flamingo”, con admiración, pero también señalaba sus problemas con la justicia. La empresa trabajó en la producción de la comedia romántica 8 Best Dates (2016), protagonizada por el propio Volodímir Zelenski antes de ser presidente. Tras la invasión rusa en 2022, la compañía pivotó hacia la defensa operando mediante 30 talleres secretos por toda Ucrania donde comenzó a ensamblar drones y misiles de bajo coste y alta efectividad. En Ucrania se investiga si la empresa se benefició de sus conexiones con el antiguo entorno televisivo de Zelenski (especialmente con el empresario Timur Mindich), y se han denunciado los sobrecostes aplicados por la compañía a los masivos contratos públicos por los que se dan codazos en el ecosistema de start-ups militares ucranianas. Sea como fuere, Fire Point representa bien el fenómeno de todas esas pequeñas empresas impulsadas por civiles ucranianos sin experiencia previa en defensa que se han convertido en contratistas militares multimillonarios.

Las otras dos socias ucranianas de Sener, son Radionix y Luch. Radionix, nacida a principios de los 2000, desarrolla tecnologías de radar y guiado para misiles antiaéreos, y también ha cerrado alianzas con otro gigante industrial europea, la sueca Saab, en el marco de la expansión del rearme en el continente. Luch tiene su origen en la era soviética y sobresale dentro del conglomerado estatal Ukroboronprom, cuyas arcas se han multiplicado por treinta en los últimos cuatro años gracias a la ayuda militar internacional. Es el centro de diseño de misiles más importante del país, y exporta sistemas antitanque a todo el mundo. Luch también se ha descentralizado y tiene cadena de producción en Polonia y Rumanía, centrada en mejorar sus misiles de largo alcance en dirección a Rusia. Pero la empresa no ha sido tampoco ajena a las denuncias de corrupción, acusada tras una auditoría oficial de obtener beneficios en sus cuentas —siendo una empresa estatal, en tiempo de guerra— y de inflar precios y comisiones, en lo que muchos análisis enmarcan como una guerra interna en el país por el control de las compañías privadas y estatales para la captación de las licitaciones que no paran de llegar.

Cómo se va a pagar esto: el instrumento SAFE

No está claro cuál será el mecanismo financiero para que estas asociaciones militares hispano-ucranianas desarrollen sus tecnologías letales en suelo español, pero parece que será una combinación de los propios fondos europeos enviados a Ucrania para sus empresas de armamento, junto con préstamos estatales y capital inversor privado. La pasada semana, Zelenski señaló que España fue uno de los primeros países europeos en asignarles fondos bajo el instrumento de defensa SAFE en apoyo de Ucrania. Sánchez aclaraba también que parte de la ayuda militar consignada el pasado miércoles iba a financiarse a través de este mecanismo, que destina 150.000 millones a adquisiciones conjuntas de defensa de los países europeos.

Este instrumento financiero, SAFE, fue adoptado en mayo de 2025, y es el pilar financiero del plan ReArm Europe de la Comisión Europea de Von der Leyen. Funciona como un sistema de préstamos masivo a bajo interés y largo plazo (hasta 45 años) respaldados por el presupuesto de la unión. Aunque sólo los Estados miembros de la UE pueden pedir los préstamos, Ucrania participa en igualdad de condiciones en las licitaciones, lo que permite que empresas ucranianas sean subcontratistas o proveedores principales en contratos financiados por la UE, integrando de facto su industria militar en el ecosistema europeo. Si España financia estas joint ventures armamentísticas a costa de SAFE, esto implicará asumir deuda a largo plazo, aunque el paraguas europeo y la retórica inquebrantable del apoyo a Kiev evitan que esta cuestión se debata apenas dentro o fuera del Congreso.

Pero la guerra de Ucrania no solo hará ricos a los grandes patrimonios de la industria militar. Las segundas grandes beneficiadas serán, también, los principales grupos empresariales de la construcción y las infraestructuras que ya afilan los colmillos. Carlos Cuerpo, Ministro de Economía, ya abrió camino en 2024 con una visita a Kiev junto a la CEOE, Acciona, Adif, CAF, Grupo Cobra o Matachana, y el pasado miércoles Zelenski se llevó también un contrato con la española TRIA por 5.479.625 euros para modernizar sus infraestructuras ferroviarias. Ya existe, de hecho, un organismo para coordinar empresas, capital y proyectos: La Oficina Española para la Reconstrucción de Ucraniadependiente del Ministerio que lidera Cuerpo, y que actúa desde 2025 como ventanilla única para la penetración de las multinacionales españolas en el país al calor de la “reconstrucción”, el otro gran negocio de la guerra.

Un rearme de ida y vuelta y una armería en el corazón de Europa

El mapa de alianzas militares que trazan estos acuerdos nos revela tres ideas principales. La primera, que el sector armamentístico y sus redes financieras, políticas o mediáticas merece mucha mayor atención y fiscalización pública, pues está llamado a ser el gran protagonista económico de este tiempo y sus movimientos internos determinarán importantes decisiones políticas. La segunda, que la guerra en Ucrania que no se evitó, sino que se jaleó desde Europa, ha implicado una transferencia histórica de capitales públicos y de inversiones privadas hacia la industria militar, las tecnologías de seguridad y control y sus cadenas productivas, concentrando poder en torno tanto a viejas élites capitalistas como los Sendagorta, como a los millennials turbocapitalistas del “Silicon Valley” ucraniano que sueñan con pasados banderistas y futuros de tecnofaraones. Y la tercera, quizá la más importante, es la deriva ética y política de este rearme de ida y vuelta que comenzó en Ucrania y que regresa a Europa en forma de letales avioncitos teledirigidos. Usando una metáfora sencilla, podría decirse que el dinero europeo primero envió pan a una Ucrania hambrienta, y después puso la harina, la sal, la levadura, ayudó con la apertura de locales y terminó por comprarle pan a Estados Unidos para que nunca faltara en la despensa ucraniana, aunque fuera a costa de las panaderías locales. Ahora, Ucrania fabrica un pan mejor, más sabroso, más abundante y en cantidades enormes, y lo ofrece para otras guerras por el mundo, las de EEUU e Israel, mientras amenaza con su pan exquisito y concentra en sus fábricas la harina, la levadura y sal. Sus panaderías vienen ahora a enseñar a las europeas a hacer su sabroso pan a varias manos en un tramposo bumerán, porque del éxito de unos dependerá el éxito de otros, pues si Ucrania ya no tiene hambre, ¿de qué vivirán nuestras panaderías?

Pero no se trata de pan, sino de armas asesinas. El peligro de la letalidad de los drones ucranianos no parece ponerse en cuestión —¿alguien se imagina que celebraremos del mismo modo la expansión de la industria de las bombas de racimo o de las minas antipersona?— mientras su economía de guerra, corrupción incluída, se integra de forma irreversible en la base industrial europea. Este proceso genera una dependencia económica mutua —donde Europa aporta capital y componentes bajo la idea de una soberanía militar que de momento, no existe, pues le ata a Washington y a Kiev—, y otorga a Kiev un poder geopolítico inédito: Ucrania deja de ser un insaciable receptor de ayuda para convertirse en el laboratorio y principal proveedor de doctrina y hardware de defensa del continente, el eje central de la nueva arquitectura de seguridad europea. Y así, en sincronizado compás, Zelenski arranca acuerdos de cada gira y cada visita, incluida la del pasado miércoles en Moncloa.