UN CUARTO DE SIGLO DE GUERRA IMPERIAL. Entrevista a Gillbert Achcar, catedratico en relaciones internacionaes por la Universidad de Londres (Inglaterra)

Gilbert Achcar es catedrático emérito de Estudios sobre el Desarrollo y Relaciones Internacionales en la SOAS, Universidad de Londres. Es autor de numerosos libros en varios idiomas, entre los que destaca, más recientemente, La catástrofe de Gaza: el genocidio desde una perspectiva histórico-mundial. / *Extraido de la web Fundación Rosa Luxemburgo (RFA)  (https://www.rosalux.de) / Traducido al castellano por la web Viento Sur

Caspar Shaller: ¿Dónde se encontraba el 11 de septiembre de 2001?

Gilbert Achcar: Estaba en mi casa, en París; fue mi pareja quien me avisó de que algo trascendental estaba ocurriendo, así que me uní a ella para ver la televisión. Lo que vi fue espantoso. Más allá del carácter atroz del crimen en sí, mi temor inmediato fue por sus consecuencias en Oriente Medio. Para mí era obvio que vendría seguido del despliegue de fuerzas estadounidenses en la región, dado que la administración Bush ya tenía la intención de invadir Irak. Era plenamente consciente de que esto sembraría el caos y que, en última instancia, acabaría en un fracaso para Estados Unidos.

Caspar Shaller: Antes de pasar a las implicaciones globales del atentado, ¿qué efecto han tenido el 11-S y la “guerra contra el terrorismo” en Occidente?

Gilbert Achcar: El resultado ha sido catastrófico. Desde el 11-S hemos sido testigos de una sucesión de atentados mortíferos, desde el Bataclan hasta Berlín, y cada uno de ellos ha servido de pretexto para reforzar un aparato represivo ya de por sí formidable. La extrema derecha ha explotado estos atentados sin tregua; en cierto sentido, han supuesto un soporte vital permanente para la política de extrema derecha. Hoy en día, la ideología que anima a la extrema derecha es el racismo antimusulmán; es el inmigrante musulmán, y no el judío, quien se ha convertido en su principal figura de amenaza. El antisemitismo no ha desaparecido, sin duda, pero ya no es la ideología que anima a la extrema derecha.

Caspar Shaller: Y en Oriente Medio, ¿cómo caracterizarías la situación veinticinco años después?

Gilbert Achcar: Oriente Medio se ha sumido en el caos y la represión. Como cabía prever desde el principio, un efecto secundario notable de las intervenciones estadounidenses tras el 11-S fue el fortalecimiento de Irán, el mayor beneficiario de la desestabilización de la región. Teherán aprovechó al máximo la ocupación estadounidense de Irak; al fin y al cabo, fueron los Estados Unidos quienes instalaron en el Gobierno a partidos iraquíes proiraníes, lo que permitió la creación de un corredor dominado por Teherán que se extiende desde Irán, pasando por Irak, hasta Siria, y desde Siria hasta Hezbolá en el Líbano. Esa misma desestabilización regional también situó a Irán en una posición que le permitió ayudar a los hutíes a hacerse con el control del norte de Yemen. Una de las causas subyacentes del reciente ataque estadounidense-israelí contra Irán es precisamente el alcance que el régimen iraní logró como consecuencia de la intervención estadounidense que siguió al 11-S. Y fíjense en el propio Irán, donde el régimen está masacrando a su propio pueblo. La brutal represión y las ejecuciones públicas tienen por objeto aterrorizar a la población para que guarde silencio. Hemos entrado en una fase de desestabilización a largo plazo de la región, que hoy en día es probablemente la zona más inestable del mundo. Es una situación muy lamentable.

Caspar Shaller: Cuando estallaron las manifestaciones en la plaza Tahrir de El Cairo en 2011 y comenzó lo que más tarde se denominaría la Primavera Árabe, te mostraste bastante optimista. En tu libro de 2012 The People Want, tu análisis seguía siendo relativamente esperanzador, una postura que revisaste en Morbid Symptoms, de 2016. ¿Cómo ha cambiado tu análisis de la Primavera Árabe con el paso del tiempo?

Gilbert Achcar: Cuando estalló la Primavera Árabe, insistí en que tenía su origen en una profunda crisis estructural y que, por lo tanto, no debía entenderse como un episodio fugaz, sino como el inicio de un largo proceso histórico. El síntoma más evidente de la parálisis social y económica de la región es que Oriente Medio y el norte de África han registrado, durante décadas, las tasas más altas del mundo de desempleo juvenil, una consecuencia directa de la colisión entre la economía neoliberal y el tipo de Estado y sistema de gobierno que prevalece allí. Siempre he sostenido que, pase lo que pase, no puede haber vuelta atrás a la estabilidad despótica que prevalecía en Oriente Medio y el norte de África antes de 2011.

Al principio, los levantamientos en todas partes fueron iniciados por fuerzas progresistas, pero la región se caracterizaba —y, en cierta medida, sigue caracterizándose— por la existencia de corrientes reaccionarias de oposición a los antiguos regímenes. Los fundamentalistas religiosos no son progresistas; son reaccionarios en sus programas sociales y culturales. Así pues, lo que vimos no fue una simple dicotomía entre revolución y contrarrevolución, sino que quedó claro que se trataba de un triángulo: un bando revolucionario y dos formas distintas de contrarrevolución, los antiguos regímenes por un lado y las fuerzas fundamentalistas religiosas de derecha que buscaban hacerse con el poder por el otro.

Pero las esperanzas suscitadas por la Primavera Árabe se han visto frustradas. Hemos sido testigos del estallido de guerras civiles, del regreso de dictaduras en formas aún más duras que antes y de la continuación de las guerras de EE. UU. en la región, que alcanzaron su punto álgido con la guerra genocida de EE. UU. e Israel en Gaza y la ofensiva contra Irán. La situación del pueblo palestino ha alcanzado su punto más bajo en la historia; nunca ha sido peor. Los ataques de Hamás se cuentan entre los peores errores de cálculo de la historia de la lucha anticolonial. En mi opinión, todo esto es consecuencia de la ausencia de una alternativa política creíble en la región: no ha surgido ninguna fuerza progresista capaz de canalizar la ira popular generada por la crisis social y económica hacia un cambio significativo. Ese fracaso ha producido un bloqueo político que se suma al bloqueo social y económico ya existente.

Caspar Shaller:¿Cómo evaluarías el estado actual del polo islamista del triángulo que has descrito?

Gilbert Achcar: Cuando comenzaron los levantamientos, las fuerzas progresistas que los habían desencadenado eran demasiado débiles desde el punto de vista organizativo para constituir una alternativa real a los gobiernos existentes. En ese vacío entró la Hermandad Musulmana, que llevaba décadas en la oposición y ahora aprovechaba su oportunidad, presentándose como la alternativa. Inmediatamente después de 2011, la Hermandad aprovechó el momento y ganó las elecciones en Egipto y Túnez. Pero, a pesar de todas sus promesas, no ofreció ninguna alternativa social ni económica: su proyecto es fundamentalmente ideológico y político, más que socioeconómico. No representaba una alternativa social real a lo que ya existía, y su proyecto político se derrumbó en consecuencia. En 2013 y 2014, la Hermandad Musulmana fue derrotada en todas partes, con el golpe militar en Egipto y la crisis política en Túnez. Cuando llegó la segunda ola de levantamientos en 2019 —en Sudán, Argelia, Irak y Líbano—, las fuerzas fundamentalistas islámicas ya no formaban parte de ella; más bien estaban enredadas en los regímenes existentes

Caspar Shaller: Usted ha dicho que las fuerzas islamistas suníes fueron derrotadas en gran medida, pero en Siria, Ahmed al-Sharaa, antiguo líder del grupo islamista Hay’at Tahrir al-Sham, controla ahora el Estado y está consolidando su poder. Incluso las YPG kurdas del noreste han aceptado integrarse en el ejército sirio. ¿No sugiere eso que los islamistas suníes, de hecho, han tenido éxito en algunos lugares?

Gilbert Achcar: Hay cierta ironía en la victoria de los fundamentalistas islámicos en Siria, porque fue un efecto secundario de las guerras de Israel en el Líbano. Al asestar un golpe devastador a Hezbolá, Israel eliminó el último pilar que sostenía al régimen sirio. Ese régimen había contado anteriormente con el apoyo militar iraní y ruso, pero tras invadir Ucrania, Rusia quedó tan empantanada allí que retiró la mayor parte de sus fuerzas de Siria. Una vez que Israel había paralizado la capacidad de Hezbolá para intervenir en nombre de Irán, las fuerzas fundamentalistas que controlaban Idlib, en el norte, pudieron avanzar con relativa facilidad. El régimen de Assad se derrumbó, al igual que lo hizo el Gobierno de Kabul en 2021.

Sin embargo, desde entonces, Al-Sharaa ha intentado presentarse como un moderado. Se está esforzando mucho por ganarse la aceptación de Occidente. Hasta ahora no ha tomado medidas importantes para imponer la sharia, aunque hay indicios de islamización del Estado y de la sociedad. Eso no es lo mismo que la forma en que gobernaron la provincia de Idlib hasta 2024, y mucho menos que la forma en que Daesh, el llamado Estado Islámico o ISIS, gobernó partes de Siria e Irak al declarar su supuesto califato.

Caspar Shaller: Así pues, en esencia, ¿dirías que el proyecto islamista ha fracasado?

Gilbert Achcar: Nunca podría haber tenido éxito, porque no representa una alternativa real a la crisis subyacente. Lo mismo se aplica a al-Sharaa: simplemente está replicando las políticas socioeconómicas de otros Estados árabes, lo que ya está generando una grave crisis social en Siria, una crisis que provocará un descontento creciente, al margen de los problemas sin resolver a los que se enfrentan las minorías del país.

Caspar Shaller:¿Por qué los kurdos de Rojava han aceptado integrarse en el Estado sirio? Al mismo tiempo, el PKK en Turquía ha aceptado desarmarse y ha iniciado conversaciones de paz con Erdoğan. ¿Por qué los movimientos kurdos de ambos países han renunciado a sus bases de poder?

Gilbert Achcar: En primer lugar, por supuesto, en el caso sirio, porque fueron abandonados por Estados Unidos. Una vez derrotado el Daesh, Washington ya no necesitaba a los kurdos. Trump no mostró ningún interés en seguir apoyándolos.

Erdoğan, por su parte, lleva perdiendo terreno electoral desde 2015 y está probando todos los medios a su alcance para aferrarse al poder: reprimiendo a la oposición, deteniendo a sus figuras destacadas, e incluso entrometiéndose en la dirección del CHP (el partido kemalista, Partido Republicano del Pueblo). Su acercamiento a los kurdos es otra de esas maniobras: una apuesta por que el movimiento kurdo no desempeñe el papel que desempeñó en 2015, cuando amenazó el dominio del AKP —Partido de la Justicia y el Desarrollo (en turco, Adalet ve Kalkınma Partisi) en el Parlamento.

El líder kurdo Öcalan lleva años abogando por un compromiso con Ankara. Ha quedado claro que la estrategia armada del PKK fracasó. Turquía, al fin y al cabo, cuenta con el segundo ejército más grande de la OTAN. Tras haber orientado la estrategia del movimiento hacia la lucha armada durante tanto tiempo, Öcalan la ha virado ahora por completo en la dirección opuesta, hacia el compromiso. Pero tampoco estoy convencido de que esto vaya a tener éxito. La opresión de la nación kurda no ha remitido, y no hay garantías reales para los kurdos ni en Turquía ni en Siria. Existen desacuerdos tanto en la rama turca como en la siria del movimiento, y algunos miembros se resienten por la autodisolución en curso y advierten de lo que puede seguir.

El acuerdo con el Gobierno sirio prevé la disolución de las Fuerzas Democráticas Sirias y su integración en el ejército sirio, pero eso sigue siendo en gran medida teórico. ¿Quién dirige las fuerzas en la práctica? ¿Permanecerá el mando en las zonas administradas por los kurdos en Rojava, o asumirá Damasco el control del noreste? Este proceso se encontrará con muchos obstáculos, entre los que destaca el papel de las mujeres. El feminismo ha sido fundamental en la lucha kurda, pero las mujeres que luchan en unidades del ejército, como las YPJ (Yekîneyên Parastina Jin, en kurdo, que significa Unidades de Protección de las Mujeres), no tienen cabida en la concepción de la sociedad de al-Sharaa.

Caspar Shaller: Dado el giro hacia la derecha que has descrito en estos Estados tan diferentes, ¿realmente todos avanzan en la misma dirección?

Gilbert Achcar: No, a nivel regional. La mayoría de los Estados árabes siguen siendo regímenes despóticos tradicionales; no es tanto que se hayan desplazado hacia la derecha como que siempre han ocupado esa posición. El régimen iraní, de manera similar, no puede describirse de forma significativa como de extrema derecha. Lo que yo llamaría neofascismo a nivel global, representado por fuerzas como la AfD en Alemania, el Rassemblement National en Francia y el movimiento MAGA en torno a Donald Trump, encuentra su equivalente regional más claro en el Gobierno de Netanyahu, que ya ha alcanzado el extremo más alejado de la extrema derecha. Y luego está el propio giro de Erdoğan hacia la extrema derecha dentro del régimen turco.

Caspar Shaller: En tu libro de 2002 El choque de las barbaries, sobre las secuelas inmediatas del 11-S, describiste una dinámica en la que las fuerzas reaccionarias de distintos contextos se alimentan y se radicalizan mutuamente. De eso hace veinticinco años. ¿Se ha ralentizado este proceso o simplemente ha continuado?

Gilbert Achcar: Contraponía la idea de Samuel Huntington del llamado “choque de civilizaciones” con la tesis de un “choque de barbaries”. Las guerras entre las potencias imperialistas occidentales y las fuerzas fundamentalistas islámicas no enfrentaban a civilizaciones opuestas, sino a tendencias bárbaras inherentes a la civilización de cada bando. Esto sigue ocurriendo; es espantoso ver cómo el Gobierno israelí se desliza hacia la extrema derecha y las guerras que ha librado desde el 7 de octubre.

Ese proceso ha alcanzado su punto álgido con Gaza. Describí Gaza como el primer genocidio perpetrado por un Estado industrialmente avanzado desde 1945, desde la derrota de la Alemania nazi. Ha habido otros genocidios desde entonces, entre ellos el de Ruanda, pero ninguno llevado a cabo por un Estado industrializado respaldado por las potencias occidentales.

Caspar Shaller: Has escrito que Gaza marca el fin definitivo del orden liberal occidental. ¿Por qué no ya la invasión de Irak en 2003?

Gilbert Achcar: Porque la invasión de Irak contó con la oposición de figuras como Gerhard Schröder y Jacques Chirac, y de algunas voces incluso dentro de Washington. Persistía la ilusión de que las fuerzas liberales acabarían corrigiendo el rumbo. Barack Obama, al fin y al cabo, construyó parte de su identidad política sobre su oposición a la invasión de Irak y adoptó el principio de no participar en una guerra salvo con el respaldo de la ONU. No intervino en Libia hasta que el Consejo de Seguridad autorizó la zona de exclusión aérea. Esa ilusión de un orden liberal basado en normas sobrevivió y más tarde se utilizó contra Rusia por su invasión de Ucrania. Pero el contraste entre la respuesta de los gobiernos occidentales ante Ucrania y ante Gaza fue el último clavo en el ataúd de ese orden.

Caspar Shaller: Mencionas que Chirac y Schröder se opusieron a la guerra de Irak, pero aun así concedieron derechos de sobrevuelo y cooperaron de otras formas. ¿Fue esa resistencia genuina o en gran medida simbólica?

Gilbert Achcar: En el momento de la invasión de Irak, Estados Unidos se encontraba en la cúspide de su hegemonía mundial, por lo que ni Chirac ni Schröder se atrevieron a provocar a Washington hasta el punto de negarle el uso de su espacio aéreo o la cooperación militar. Aun así, cada uno tenía intereses reales en juego. Francia había invertido mucho en su relación con el régimen de Sadam Husein y comprendía que corría el riesgo de perder esa inversión con la invasión estadounidense. Schröder, por su parte, reconoció que la opinión pública alemana se oponía firmemente a la guerra y, por lo tanto, encontró una forma fácil de intentar ganar popularidad. En el caso de Gaza, no hemos visto ninguna resistencia a la respuesta totalmente desproporcionada de Israel al 7 de octubre. Ha caído el último velo de respetabilidad liberal. Los ataques de Hamás desencadenaron una intensificación de la instrumentalización de la memoria del Holocausto, lo que dejó a los gobiernos occidentales incapaces de adoptar una postura crítica hacia Israel durante varios meses, incluso en pleno genocidio.

Caspar Shaller: Esa es una afirmación sorprendentemente idealista viniendo de un marxista. ¿Crees que se trata de una cuestión de legado cultural más que de interés material?

Gilbert Achcar: Estados Unidos tiene un claro interés material en su alianza con Israel como ejecutor subcontratado de la hegemonía estadounidense en la región. El apoyo de los gobiernos europeos a Israel tiene mucho menos que ver con intereses materiales. El punto de partida de su postura respecto a Gaza es ideológico: se trata de la forma en que el 7 de octubre fue presentado como la mayor masacre de judíos desde el Holocausto. Esta frase se repitió una y otra vez. El ataque liderado por Hamás provocó una ola de conmoción y solidaridad, y los gobiernos occidentales se unieron en defensa del llamado “derecho a la autodefensa” de Israel. Solo meses después, cuando la magnitud de la destrucción se volvió imposible de ignorar y quedó claro lo desproporcionada que era la respuesta israelí, comenzaron a inclinarse hacia los llamamientos a un alto el fuego.

En términos de intereses materiales, sin duda no beneficia a los gobiernos liberales europeos que un gobierno como el de Netanyahu esté en el poder en Israel, ya que les genera un sinfín de problemas. Netanyahu no siente ninguna simpatía por los gobiernos liberales europeos, y no deja de demostrarlo. Incluso el Reino Unido mantiene ahora tensiones con Israel. Europa está geográficamente mucho más cerca de Oriente Medio que Estados Unidos, por lo que cualquier cosa que ocurra en la región tiene consecuencias inmediatas en Europa. Ese simple hecho revela que existe una clara divergencia entre los intereses de las distintas potencias occidentales en Oriente Medio. Pero Europa está subordinada a Estados Unidos. Esa es una posición estratégica bastante peculiar en la que se encuentran los europeos. Un puñado de gobiernos, entre ellos España e Irlanda, se han atrevido a pronunciarse en contra de lo que está haciendo el Gobierno israelí. Al hacerlo, podría decirse que representan los intereses europeos con mayor fidelidad que aquellos que guardan silencio.

Caspar Shaller: Los neoconservadores eran famosos por defender los intereses estadounidenses sin tener apenas en cuenta a nadie más. Los neoconservadores fueron bastante dominantes inmediatamente después del 11-S, pero ahora casi nadie habla de ellos. ¿Cuál era su proyecto y tuvo éxito?

Gilbert Achcar: A los neoconservadores se les recuerda principalmente por su doctrina del “cambio de régimen”, la idea de que Estados Unidos tenía la misión de imponer un orden democrático liberal en todo el mundo. La ilusión de reconstruir un Estado iraquí según el modelo occidental llevó a la ocupación a desmantelar por completo el aparato estatal existente. Y esto provocó el caos. Fue un fracaso total como intento de imponer un orden “liberal” por la fuerza.

Así pues, Washington abandonó entonces su proyecto aparentemente democrático para Irak —que, en realidad, había dado poder a los actores proiraníes— para optar por una estrategia más pragmática basada en las estructuras tribales y la retirada de sus tropas. Incluso antes de que la ocupación terminara oficialmente, Irán ya había ganado más influencia en Irak que el propio Estados Unidos. Y de ahí se extrajeron las llamadas “lecciones de Irak”: se creía que el error había consistido en desmantelar el Estado dictatorial, que debería haberse mantenido intacto, limitándose a cambiar su orientación, tal y como ocurrió en Venezuela a principios de este año.

Caspar Shaller: Actualmente existe una división dentro de la derecha estadounidense entre intervencionistas y aislacionistas. El propio enfoque de Trump parece diferir, tanto en el método como en el objetivo, de cualquiera de ambos bandos. ¿Cómo caracterizaría usted esta división?

Gilbert Achcar: La extrema derecha estadounidense siempre ha albergado una corriente aislacionista junto a otra belicista. Trump ha intentado unir sus diferentes corrientes, desde los aislacionistas hasta el ámbito de las teorías de la conspiración, apelando a todos estos sectores a la vez, lo que explica las numerosas contradicciones en su comportamiento. Trump es un monstruo de Frankenstein de la derecha estadounidense, ensamblado a partir de todas estas piezas dispares. Pero una cosa es segura: no tiene el más mínimo respeto por la democracia. ¡Está luchando contra la democracia en su propio país, Estados Unidos! Por lo tanto, a nadie debería sorprenderle que no finja querer exportarla a otros lugares.

En cualquier caso, reducir el debate a una simple oposición entre intervención o no intervención pasa por alto los matices de la política imperialista. El tipo de intervención importa enormemente. Hoy en día, en lugar de sustituir a los regímenes que considera rebeldes, Estados Unidos intenta preservarlos, limitándose a obligarlos a colaborar. Antes de asumir el cargo, Trump se mostró explícito al asimilar esta lección de Irak y criticó públicamente la ilusión del ”cambio de régimen”. Su enfoque respecto a Venezuela es totalmente coherente con ello: destituyó a Maduro y al resto del aparato simplemente se le obligó a colaborar con Washington, sin intentar imponer elecciones democráticas ni reinstaurar a la denominada oposición liberal. Incluso con Cuba, donde Marco Rubio tiene un interés particular, Washington está negociando con figuras del propio régimen; ¡el nieto de Raúl Castro se encuentra entre sus principales interlocutores! Y eso es lo que Trump intentó lograr también en Irán. Creía que podía obligar al régimen a colaborar con él, salvo que sus acciones han estado reforzando a los partidarios de la línea dura en lugar de a aquellos que estarían dispuestos a llegar a un compromiso.

Caspar Shaller: ¿En qué situación quedan los liberales estadounidenses, atrapados entre estos bandos enfrentados?

Gilbert Achcar: Están completamente desorientados, sin saber qué postura adoptar. Precisamente por eso estamos asistiendo a un resurgimiento de la izquierda: la gente reconoce que el liberalismo a medias que ofrece el establishment ya no es creíble, y busca respuestas más radicales a sus circunstancias sociales, económicas y políticas, incluso en defensa de la propia democracia. Los liberales han demostrado ser demasiado pusilánimes, por ejemplo, para plantear un desafío frontal al estrangulamiento continuo de Cuba. Lo que está ocurriendo allí es criminal. Décadas de embargo han llegado ya al punto de imponer el hambre absoluta a la población, y esto está provocando una reacción internacional mucho menor de lo que merecería, no solo entre los gobiernos, sino también entre los movimientos de masas, que deberían estar expresando una solidaridad mucho mayor con el pueblo cubano. Estas sanciones castigan más a la población que al régimen.

Caspar Shaller: Su libro de 2023, La nueva Guerra Fría, aborda la invasión rusa de Ucrania. ¿Considera que el ataque de Rusia es una consecuencia a largo plazo de la ”guerra contra el terrorismo” y del intervencionismo neoconservador?

Gilbert Achcar: En cierto sentido, la invasión de Irak de 2003 demostró a Rusia, a China y a todo el mundo que Estados Unidos no respetaría las reglas del orden que decía defender. La invasión de Irak fue una violación flagrante del derecho internacional. Tras el colapso de la Unión Soviética, las cosas podrían haber evolucionado de forma muy diferente; se hablaba de un “dividendo de la paz” y todo eso. En cambio, Estados Unidos tomó decisiones políticas deliberadas que antagonizaron a Rusia, en particular la expansión de la OTAN. Creo que esto se hizo a propósito. Washington quería que Rusia siguiera siendo un espantapájaros para el resto de Europa, de modo que los demás Estados europeos mantuvieran una relación de vasallaje con Estados Unidos.

Helmut Kohl también se mostró inicialmente a favor de la expansión hacia el este, ya que servía a los intereses del capital alemán de establecer una hegemonía sobre Europa del Este. Pero cuando George W. Bush invitó a Georgia y Ucrania a unirse a la OTAN, Angela Merkel se opuso abiertamente. Una vez más, nos encontramos ante una divergencia entre los intereses estadounidenses y los de Estados europeos como Alemania.

Sin embargo, nada de esto justifica en modo alguno la invasión de Ucrania, un crimen terrible cuyo precio lo está pagando el pueblo ucraniano y, cada vez más, también el pueblo ruso. Putin es el principal responsable de esa catástrofe.

Caspar Shaller: Al echar la vista atrás a un cuarto de siglo de intervención imperialista estadounidense y a la ”guerra contra el terrorismo”, ¿en qué punto se encuentra hoy Estados Unidos?

Gilbert Achcar: Todas las guerras que Estados Unidos inició tras el 11-S fueron, en cierto sentido,”perdidas”. Lo pondría entre comillas porque Washington sí logró destruir los regímenes a los que se dirigía. Los verdaderos perdedores fueron las poblaciones civiles de esos países, no el propio Estados Unidos. Aun así, Estados Unidos no logró alcanzar sus propios objetivos declarados en ningún caso.

Este ha sido un caso clásico de sobreexpansión imperial. A finales de la década de 1980, el historiador británico Paul Kennedy escribió un libro superventas en el que señalaba el hecho bastante obvio de que los imperios declinan cuando asumen más de lo que pueden controlar. Pero se equivocó en su interpretación de la era Reagan: Reagan logró reactivar tanto la economía estadounidense como la hegemonía estadounidense. Sin embargo, tras el colapso de la Unión Soviética, la Administración Bush sucumbió a la arrogancia. Las guerras de Afganistán e Irak fueron un caso ejemplar de sobreexpansión, mucho más allá de lo que Estados Unidos podía controlar realmente, y fracasó en ambos países. Pero quien crea que el imperio estadounidense ha llegado a su fin simplemente está soñando. Estados Unidos sigue siendo un Estado extraordinariamente poderoso, sigue siendo el más poderoso del mundo y sigue siendo capaz de causar una destrucción enorme. Sus limitaciones, sin embargo, son ahora mucho más visibles de lo que eran a principios de siglo.

Caspar Shaller: ¿Hay algo que te dé esperanza en esta situación?

Gilbert Achcar: Por supuesto, me aferro a la esperanza, una esperanza arraigada en la nueva generación y en su capacidad para inventar nuevas formas de lucha, como hemos visto recientemente con el movimiento marroquí de la Generación Z, un momento extraordinario en el que miles de jóvenes se movilizaron y utilizaron la tecnología moderna para coordinar su acción. Hago una distinción crucial entre optimismo y esperanza: no son en absoluto lo mismo. El optimismo es la creencia de que se producirá el mejor resultado posible. La esperanza es la creencia de que un resultado mejor es posible, sin ninguna garantía. Puedo seguir teniendo esperanza, al tiempo que reconozco que, a día de hoy, el balance de las pruebas se inclina claramente hacia el pesimismo.